NAGINATA

Autor: Carolina Márquez



Oshikaraji
Kimi to tami to no
Tame naraba
Mi wa Musashino no
Tsuyu to kiyu tomo


Sin rencor
Si es por vos, mi Señor,
Y por vuestro pueblo
Desapareceré con el rocío
En la llanura de Musashi





La medianoche se instaló en el palacio del Shogún trayendo con ella una noche tan cerrada, tan negra y tan oscura, que pareció que sobre el cielo volaran todos los negros cuervos del mundo llamados a reunirse sobre los cielos de Edo, la nueva capital del Imperio que a partir de esa noche hermética sería conocida como To-Kyo, dispuestos a ser testigos del cambio en la Historia.

El temible y poderoso Señor del Sol Naciente, sol que se ocultó desde hacía horas para abandonarlo a su destino, junto con sus hombres, se hallaba solo en la gran estancia que dominaba el sagrado recinto de los dioses, más allá de los jardines de los arces y buganvillias en flor, morada de sus antepasados.
Rezaba por su alma buscando la Luz, deseando que todo terminara en ese instante, dispuesto al último y definitivo ataque que pondría alas en sus manos y en su poderosa katana, La Eterna, la que acompañaba a todo samurái en su existencia y en su último viaje.

El silencio se adueñó del tiempo y del espacio...

A través de la bruma espesa en la que su mente se había introducido, en un letargo de meditación indefinido, el gran Señor creyó escuchar unos suaves pasos en la lejana distancia.
Venían a buscarlo, pero no sintió miedo, sólo un deseo apremiante de que lo encontraran pronto, sin más demora, para terminar con la agonía que le empujaba a no querer seguir viviendo más tiempo del necesario en el nuevo mundo que se avecinaba.

Los pasos eran silenciosos, apagados y cortos, muy cortos, más propios de una mujer que de los soldados que aguardaba desde hacía horas.
Una anciana encorvada por el peso de los años y el paso del tiempo se aproximaba a las dependencias donde el Shogún meditaba en sus últimos momentos, sigilosa e invisible bajo un negro velo de seda.

Se apoyaba la anciana sobre un liviano y extraño bastón, confeccionado con madera de bambú y que adoptaba una rara forma curvada, resultado del peso del cuerpo de la mujer proyectado en él a lo largo de los años. Arrastrándose gracias a la resistencia del duro material, a duras penas llegó hasta la gran puerta tras la que todo un antiguo y grandioso universo se desmoronaba por momentos.

Otoko, La Guardiana, se apoyó en el muro que exhibía el emblema de su Señor, el Crisantemo Azul, el símbolo de una antigua dinastía pronta a extinguirse, los dueños ambiciosos de un mundo único que ella conoció tan bien.
Y supo que moriría esa misma noche junto a él.

La anciana dejó caer el bastón y permitió a su espalda encorvada arrastrarse contra la pared, dejó que descendiera hasta el suelo, hasta inclinarse frente a la fría superficie y entonces, estiró las piernas con un suspiro de puro cansancio, físico y mental.
Su espíritu estaba tan cerca de su Señor...


Su alma traspasó la puerta cerrada y se enfrentó a la del hombre encerrado en la habitación, sintiendo de nuevo ese vínculo que los unió desde el primer día en que se vieron por primera vez.
Pero debía continuar su misión y llegar hasta el final, completando el círculo que unía sus vidas, Sintió en su pecho el frío de la negra noche, acechándola y vigilándola los negros cuervos.


Cerró los ojos y su conciencia, todo su ser, se trasladó al principio de los tiempos que formaron su existencia, al inicio de la vida de su otro yo como Okiyo, la Señora, la favorita del Shogún, la que trajo un soplo de aire fresco y nuevo al invierno de Edo, arrancando flores prematuras en los sakura de los jardines del Palacio de las Nueve Primaveras, y en el corazón del hombre más poderoso del Imperio.
Cuando sus pequeños pies se posaron en el suelo del jardín, dejando atrás el palanquín que la transportaba, su corazón la sumió en un estado de trance... se arrodilló frente al hombre, se inclinó hasta tocar con su frente las frías piedras que la recibían con toda su humedad invernal, con la nieve acumulada desde hacía horas, las mismas que el Shogún llevaba aguardando su llegada.

Sus manos se apoyaron en la superficie helada y sintió el frío traspasándole las entrañas, el mismo frío que sentía al pensar qué le depararía el destino y cuál sería su nuevo futuro. En realidad, no era más que el miedo instalado en su mente hacia lo desconocido, miedo abriéndose paso en su nueva realidad, y entonces, de pronto...
...El hombre le habló, le ordenó alzar la cabeza y mirarlo a los ojos, algo impensable, condenado con la pena a muerte.
Su corazón se paralizó por el terror hacia lo desconocido.
Apretó las manos con fuerza hasta que no sintió la sangre circular por ellas, y levantó la mirada, tímidamente, al cielo...

El viento helado del norte levantó su negro y largo cabello extendiéndolo como el abanico sagrado de una geisha, etéreo, suave y fragante, y su aroma a jengibre y áloe se extendió en el espacio, alcanzando a los aromas de las flores del jardín, ocultándolos, exterminándolos, hasta que no quedó más que su perfume de mujer.

Sus temblorosas manos apartaron los mechones que se enredaron en sus ojos, ocultando la visión del hombre que iba a ser su dueño. Pero antes de volver a bajar la mirada, vislumbró la brillante luz de unos ojos parecidos a los suyos, negros y penetrantes, cuya inteligencia adivinó en la oscura y directa mirada.
Percibió una complicidad unida a algo indefinido... admiración y reconocimiento, sintiéndose en ese momento como un ser igual al hombre que la miraba...

La anciana abrió los ojos despertando de su ensoñación y sintió de nuevo el frío atenazándole el corazón.
Se irguió con dificultad al escuchar unos pasos atronadores, fuertes, botas duras abriéndose paso entre los muros del Palacio.
Sintió el peso de los acontecimientos y el sentimiento de la llegada del instante final de su mundo. Los soldados alcanzaron las estancias interiores y los muros retumbaron al compás de sus rápidos pasos...

Otoko cerró de nuevo los ojos musitando una plegaria ancestral, invocando a sus dioses. En el momento en que un rayo cegador surcó el cielo de la antigua Edo, su cuerpo se agitó, se puso rígido y la curvatura de su espalda se difuminó y se perdió en el inicio de una fuerza desconocida, dando paso a un cuerpo joven, fuerte y lleno de vida.
Se arrancó con un ademán furioso el velo negro de seda que cubría su rostro, y asomaron dos ojos felinos, rasgados, fieros y brillantes, estandartes de una juventud inusitada e inesperada, regalo de los dioses.

Recogió el bastón del suelo sobre el que apoyaba sus pasos y lo alzó al cielo en la negra noche del dominio de los cuervos, quitó el extraño envoltorio que lo acompañaba y un brillo esplendoroso y único reflejó la luz de la luna encontrando el mágico y suave acero de la alabarda, la fiel y hermosa hoja curva mortal, la Protectora de vidas inocentes.

Alzó la naginata y la observó con detenimiento. Sintió su hoja desafiante como símbolo de la vida que las mujeres de su raza acunaban en sus curvados vientres, su amiga, su confidente, su madre y hermana.
Su eterna compañera...

La tomó y la alzó a la altura de sus finos ojos rasgados, suspiró y sintió su fuerza emanando de su empuñadura.
Su corazón estaba en paz, su espíritu en calma.

Sujetó la naginata con furia y se dispuso a dar su vida por su mundo y por su Señor...















NAGINATA : Espada corta de hoja curva, con mango largo, arma utilizada por las mujeres samurái, equivalente a la katana de los hombres.
SHOGUN : Señor feudal, gobernador de Japón.

EDO : Antiguo nombre de Tokyo.
KATANA : Sable japonés.
SAMURÁI : Guerrero al servicio de un señor feudal.
SAKURA : Cerezo, emblema de Japón.
GEISHA : Mujer de las artes.


Nota de la autora: Este es un relato libre sobre una época de cambio en Japón: el fin de la era Tokugawa, de los samuráis como concepto "romántico" medieval, la decadencia de unas costumbres arcaicas en las relaciones entre hombres y mujeres, costumbres machistas, donde las mujeres eran consideradas esclavas y se las vendían al shogún desde niñas para ser sus sirvientas, o en el mejor de los casos, sus concubinas, gozando de una vida lujosa pero encerradas en una jaula de oro, rígida y encorsetada vida. Mujeres, que, sin embargo, eran educadas y adiestradas en artes marciales, para proteger al Shogún y a su forma de vida, mujeres capaces de enfrentarse a bandidos, soldados y a las peores desgracias que pudiera depararles la vida, gracias a la Naginata, el arma de las mujeres samurái, La Protectora de un mundo diferente ya extinguido.

Este relato es propiedad de su autora y está protegido

Relato que pertenece a la serie de relatos cortos del espacio KARYÛKAI. Relatos desde el Lejano Oriente.

Esas extrañas flores

Autor: Marta Abelló


Siempre que pasaba junto a aquella casa el corazón le latía más aprisa de lo normal. Se sentía incómodo, desasosegado, nervioso, aunque no entendía muy bien el porqué. La casa de la vieja Ma no era una casa típica del cine de misterio: lúgubre, con pequeñas ventanas oscuras llenas de barrotes oxidados y amenazantes; repletas de polvo y muebles vetustos en su interior. No. Era simplemente una casa de dos plantas de principios de siglo que tenía la fachada desgastada por los azotes del tiempo. A la entrada poseía un jardín, pequeño y muy cuidado, en el que destacaban unas flores raras circundando la cerca. En el interior de la vivienda, que era de techos altos y abovedados, habían tres dormitorios amplios, uno con baño incorporado; un gran salón con el suelo de madera cubierto en parte por dos alfombras persas de seda, y una cocina totalmente restaurada con muebles modernos y funcionales: la única pieza de la casa en la que Job se había sentido cómodo las pocas veces que había estado.

Fue esa tarde en que iba en dirección a la biblioteca del pueblo, cuando se percató de que las flores que se ceñían a la cerca y crecían descontroladas, no pertenecían a ninguna clase que él conociera; como estudiante de biología, se quedaba perplejo ante esa variedad extraña, de hojas angostas y flores muy numerosas de color azul. Las matas eran pegajosas, y la base de aquellos pétalos de forma sinuosa era blanca; el centro de las flores, negro. Eran muy hermosas, pero raras; más que raras, insólitas. Y se decidió a preguntar a la vieja Ma de dónde provenían.
Job empujó la cerca y en seguida sus pies se posaron sobre el césped fresco y recién cortado. Fue atravesando el jardín contemplando los pequeños setos tallados en diversas y caprichosas formas, las madreselvas y las enredaderas que se aferraban a las vallas laterales que marcaban las lindes del terreno.
Al llegar a la puerta, maciza, de color oscuro, golpeó con los nudillos y respiró profundamente. Pudo oir una voz grave que le dijo desde el interior:

-Adelante, la puerta está abierta...
Él giró el pomo y atravesó el umbral. Se quedó allí, de pie, sobre una alfombra de lana, y miró a la joven que estaba sentada en el amplio vestíbulo, en la mecedora de la vieja Ma, una reliquia del siglo pasado.
-¿Quién eres? -preguntó.
-Soy Sophie, una amiga de Ma. -respondió ella haciendo que la mecedora se balanceara. -Y tú, ¿quién eres?
-Me llamo Job, y quería hablar con Ma.
-Ella no está, volverá más tarde. -explicó- Si quieres puedes esperarla.
-¿Sabes si tardará mucho?
-No, no lo creo. Depende del tiempo...
-¿Del tiempo? -se extrañó él, que ahora miraba a la chica fijamente.
Sophie era una muchacha de facciones vulgares, y sólo destacaba de su persona la espesa cabellera negra salpicada por algunas canas.
-Si prefieres sentarte, puedes pasar al salón.- le dijo ella, amablemente, sin dejar de balancear la mecedora.
Job abandonó el vestíbulo y la joven cerró los ojos; parecía que iba a sumirse en un profundo sueño. Él abrió entonces la puerta que conducía al salón repleto de antigüedades, porcelanas valiosas, en el que destacaba unos cuadros que llevaban la firma de Caroline Ma Sophie. Una de aquellas pinturas siempre estremecía al chico en las pocas ocasiones que tenía de verla. En realidad, sólo había visitado aquella casa en cinco ocasiones, y sólo en dos había estado en el salón. Ésta era, por tanto, la tercera vez que un escalofrío recorría su espina dorsal contemplando aquel extraño cuadro que parecía poseer movimiento. La pintura representaba la casa donde él se encontraba. Se veía la fachada principal y el jardín delantero, éste último poblado de arbustos, dos árboles frutales y decenas de flores; todas extrañas .
La primera vez que vio ese cuadro, el jardín aparecía casi desierto, predominando el terreno arenoso, yermo y desértico, sólo poblado por pequeñas florecillas blancas sobre el descolorido césped. La segunda vez pudo ver las flores más grandes de lo normal, siendo el césped más frondoso y verde; ahora veía cómo su altura llegaba a tapar casi media fachada, y su espesura hacia difícil el acceso a la casa. Los árboles eran de troncos inmensos y sus grandes hojas cubrían las ventanas de la planta baja. ¿Cómo era posible? Un cuadro no tiene vida, no tiene posibilidad de manejarse a su antojo y variar su contenido sin tener en cuenta la voluntad del pintor. Tampoco tenía mucho sentido que la vieja Ma tuviera varios cuadros de su casa con jardines diferentes, y los fuera cambiando a temporadas. No, no era muy lógico, pero...

Desconcertado se sentó en una butaca, de espaldas al lienzo. En la televisión emitían un programa de debate enormemente aburrido y decidió que era mejor no verlo. De pronto, se acordó de aquella chica, de Sophie. Se levantó y se dirigió al vestíbulo, hallándolo vacío.
-Se ha marchado. -se dijo- ¡Qué extraño! Y suspirando, etrañado por la tardanza de la vieja, volvió al salón y conectó el equipo de música. El CD del compositor de jazz Ornette Coleman empezó a sonar dispersando las notas de la canción 'Beauty is a rare thing' mientras él, sin darse cuenta, se adormecía con el aroma que emanaban las flores; aquel desconocido aroma que se colaba por la ventana abierta del salón.

Tras un extraño sueño, Job despertó y miró a su alrededor, incorporándose perezoso en el asiento. Vió que todavía estaba en casa de Ma. El reloj de cuco dió las doce.
-¡Cielos, qué tarde es!
Se levantó y corrió hacia el vestíbulo para salir, pero encontró la puerta cerrada y no la pudo abrir. Fue entonces cuando sintió una presencia detrás suyo y se volvió: Una anciana de pelo gris recogido en un moño, se limpiaba las manos en el delantal que llevaba. Era de corta estatura, y su rostro estaba surcado de arrugas; sus ojos estaban rodeados de profundas ojeras violetas.
-¿Te quedarás a cenar, verdad Job?
-¡Ma! -exclamó. -Bueno, yo... La verdad es que es muy tarde, me quedé dormido y... Sophie me dijo que la esperara en el salón. -explicaba confuso.
-¿Sophie?
-Sí. La chica que estaba aquí esta tarde, sentada en la mecedora. Me dijo que era su amiga y que...-
-No sé de que me estás hablando, chico. ­¡Vamos a la cocina! ¡Nos espera una buena cena!

Job trató de negarse, pero no pudo. Aquel suculento olor que sentía podía más que sus deseos de irse a casa. ¿O era el aroma, ahora húmedo, de las flores del jardín, el que le obligaba a quedarse?

Delante de dos buenos platos de pasta, Job le explicaba detalles de la gente del pueblo, pequeños cotilleos que la vieja quería saber. Al preguntarle acerca de las flores de la entrada, la vieja respondió.
-No ha de extrañarte que la especie de esas flores no esté en ninguno de tus libros. Las he creado yo, con mis propias manos.
-¿En serio? Tal vez debería comunicárselo a mi profesor, Ma. Él podría conseguirle una exclusiva sobre la producción de esas flores y tal vez sería el comienzo de un buen negocio, ¿no cree?
-Ni hablar. Además, no me hace falta dinero.
-No se trata sólo del dinero, Ma, creo que...
-Ni hablar, he dicho. No insistas. Y ahora será mejor que te tomes el postre.- dijo acercándole una bandeja con plátanos recién fritos y cubiertos de miel.

Cuando el reloj dió la una y media, Job se levantó de su silla y acabó de un trago su vaso de vino.
-Una cena exquisita. Pero ahora he de irme; mañana he de madrugar.
-¿Ah, sí? ¿Por qué?
-He de ir a la universidad, Ma...
-Ya. -dijo ella sonriendo. -Me temo que no, hijo.
-¿Cómo dice? ¿Por qué no? -preguntó, sorprendido por esas palabras.
-Me temo que es imposible, hijo; el jardín está muy crecido.
Job miró por la ventana. Un gigantesco pétalo azul y blanco ocupaba todo el cristal, y a duras penas pudo entrever como todo el jardín estaba repleto de flores gigantescas de anchos y poderosos tallos que prohibían el paso a cualquiera. El espacio que quedaba entre tallo y tallo era el que ocuparía un fino hilo de seda.
No podía salir. Nadie hubiera podido hacerlo tampoco.
Preso del pánico, corrió al salón con un mal presentimiento. El cuadro que tanto temor le inspiraba era ahora todo una flor: Ahora no había casa, ni jardín, ni arbustos ni nada. Sólo había una flor pintada en acuarela que ocupaba todo el lienzo, ocultando casi por completo aquella firma: Caroline Ma Sophie. Esa gran flor, cuyo centro de negro carbón parecía un ojo que miraba al chico, parecía amenazar con salirse del marco tal era su voluminosidad. Job balbuceó señalando el lienzo; no podía articular palabra. La vieja habló en su lugar:
-Si, han crecido mucho mis flores, y la lástima es que hasta el próximo mes no vendrá el jardinero. -le explicó- Tendrás que quedarte aquí, hijo, y hacerme compañía. Últimamente estoy muy sola...

Un mes... En ese tiempo aquella flor podía invadir el salón; quizás muchas más lo hicieran también en el exterior, envolviendo y enterrando el lugar. Y tal vez podía esperar que el aroma intenso y febril de aquellas extrañas flores, le llevaran a un sueño profundo, muy intenso, que le hiciera olvidar, al menos por un momento, que moriría en la casa de la vieja Ma.